Peregrinaje a Bainbridge Island: la cancha donde todo empezó
Hay lugares que uno visita por lo que ofrecen. Y hay lugares que uno visita por lo que representan. Bainbridge Island es lo segundo — y para cualquiera que ame el pickleball, cruzar hasta esta isla frente a Seattle se siente menos como un viaje y más como una peregrinación.
El ferry como preámbulo
Todo empieza en el muelle 52 del centro de Seattle. Treinta y cinco minutos de travesía en ferry sobre las aguas grises del Puget Sound, con el skyline de la ciudad achicándose detrás y las montañas Olympic asomando al frente. Es un trayecto pensado, casi ceremonial: no se llega a Bainbridge de golpe, se llega dejando atrás la ciudad poco a poco, como si el propio paisaje te estuviera preparando para lo que vas a encontrar del otro lado.
Al bajar en Winslow, el pueblo principal de la isla, el pickleball ya está en todas partes antes de haber tocado una paleta. Tiendas de regalos sobre Winslow Way exhiben mercancía del deporte en sus vitrinas. No hace falta preguntar dónde jugar — la isla entera sabe la respuesta.
Battle Point Park: 90 acres con una cicatriz de guerra y un nacimiento
Las Founders Courts no están escondidas ni difíciles de encontrar. Están dentro de Battle Point Park, un parque de 90 acres que alguna vez fue una estación naval de transmisión durante la Segunda Guerra Mundial — una antorcha de 240 metros de altura enviaba mensajes codificados a la flota del Pacífico hasta que la estación se desactivó en 1959. Hoy, los restos de esa historia militar conviven con estanques, senderos para correr, un campo de disc golf y, en el corazón del parque, seis canchas dedicadas exclusivamente a honrar el nacimiento de un deporte.
Es una combinación extraña y hermosa: un lugar que una vez existió para la guerra ahora existe, casi como acto de redención, para el juego.
El camino que cuenta la historia antes de llegar a la red
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Lo que distingue a las Founders Courts de cualquier otra cancha pública del mundo es el camino de entrada. A lo largo del sendero que lleva hasta las canchas hay exhibiciones interpretativas y kioscos históricos que narran, paso a paso, cómo un juego improvisado en un patio trasero en 1965 se convirtió en el deporte de más rápido crecimiento en Estados Unidos. Ladrillos personalizados grabados con los nombres de quienes ayudaron a financiar el proyecto están incrustados en el propio camino — cada paso hacia la cancha es, literalmente, un paso sobre la comunidad que hizo esto posible.
La historia que cuentan esos kioscos es casi demasiado simple para ser cierta. Un día de verano de 1965, tres papás —Joel Pritchard, congresista y futuro vicegobernador de Washington; Bill Bell; y Barney McCallum— se encontraron con sus hijos aburridos y sin nada que hacer. Había una cancha vieja de bádminton en la propiedad, pero no encontraron el juego completo de raquetas. Improvisaron: bajaron la red, sacaron paletas de ping-pong y una pelota perforada de plástico. El fin de semana siguiente notaron que la pelota rebotaba mejor sobre el asfalto, y bajaron la red a 91 centímetros. Ese ajuste, casi accidental, terminó siendo una de las decisiones fundacionales del deporte que hoy se juega en más de sesenta países.
Llegar a la cancha
Y entonces uno llega. Seis canchas dedicadas, de superficie impecable, completamente gratuitas y por orden de llegada — sin reservas, sin membresía, sin nada que se interponga entre el visitante y el juego. Debajo, seis canchas adicionales con redes portátiles montadas sobre las viejas canchas de tenis, listas para cuando la demanda se desborda, que —según cuentan los propios locales— pasa con más frecuencia de la que uno imaginaría en una isla de apenas 25,000 habitantes.
Lo que sorprende no es la infraestructura. Es la mezcla de gente. En las mismas seis canchas conviven jubilados que llevan jugando desde antes de que el deporte tuviera nombre oficial, familias que llegaron en ferry solo por el día, y jugadores que viajaron desde otros estados —o desde otros países— específicamente para poder decir que jugaron en el lugar exacto donde nació el pickleball. La música que suena de fondo salta sin ningún criterio aparente entre décadas y géneros, como si la propia banda sonora reflejara quién puede aparecer por esa cancha en cualquier momento: quinceañeros en pantalones de pijama, devotos del deporte vestidos de pies a cabeza en ropa técnica, curiosos que nunca jugaron y terminan quedándose toda la tarde.
Más que una cancha: un santuario que se cuida entre todos
Las Founders Courts no las mantiene una empresa ni un patrocinador. Las cuida un club sin fines de lucro, el Bainbridge Island Pickleball Club, en conjunto con el departamento de parques de la isla — comunidad cuidando lo que la comunidad construyó. Cada año, la isla organiza el Bainbridge Island Founders Tournament, un torneo que funciona como recaudador de fondos y, sobre todo, como homenaje anual a los tres hombres que inventaron el juego sin buscar nada a cambio.
Washington, el estado donde está la isla, convirtió oficialmente al pickleball en su deporte estatal. No es casualidad. Es el reconocimiento de un lugar que entendió, antes que nadie, lo que este juego representaba.
La reflexión del regreso
De vuelta en el ferry, con Seattle acercándose de nuevo en el horizonte, es difícil no pensar en la distancia entre ese patio trasero de 1965 y el deporte profesional que DINK Authority cubre mes a mes: los circuitos internacionales, los contratos, las transmisiones en vivo, un ecosistema que crece cada año a un ritmo que nadie anticipó. Todo eso nació de tres papás tratando de resolver un problema mucho más humilde: qué hacer con unos niños aburridos un sábado de verano.
Bainbridge Island no vende nostalgia. La vive, la cuida, y la comparte gratis con cualquiera que se tome el trabajo de cruzar el agua para encontrarla. Para cualquier jugador que se tome este deporte en serio, ir una vez no es un lujo. Es, sencillamente, ir a las raíces.
Cómo llegar: Ferry desde el Muelle 52 en el centro de Seattle hasta Winslow, Bainbridge Island (35 minutos, aproximadamente $9 USD ida y vuelta por pasajero). Las Founders Courts están en Battle Point Park, 11299 Arrow Point Drive NE — a unos 10 minutos en bicicleta o auto desde la terminal del ferry. Acceso gratuito, sin reserva.
Esto, en un tiempo no muy lejano, se va a convertir en un paso obligado para los fanáticos de este deporte. Nos preguntamos en nuestra reunión editorial: ¿cuántos del top 20 de las distintas ligas conocen esto? Esto es historia, señores. Así como en el béisbol hay un lugar donde todo empezó —Cooperstown—, pensándolo bien, en el fútbol no existe ese mismo referente único: el deporte se formalizó en una época donde documentar el origen con esta precisión era casi imposible. Pero en la mayoría de los deportes ya desarrollados sí existe un referente claro en la historia. Pues bien, este es el referente en el pickleball.
¿Cuántos del top 10 de las distintas ligas han venido realmente a conocer esta historia? No hace falta un gran gesto. Ni siquiera hace falta jugar un punto. Bastaría con un simple selfie parado frente a esa red, con un mensaje tan sencillo como: "Hola, estoy acá, donde todo empezó." Y sin embargo, hasta donde sabemos, esa foto todavía no existe.
¿Ya lo sabías?
Hay lugares que uno visita por lo que ofrecen. Y hay lugares que uno visita por lo que representan. Bainbridge Island es lo segundo — y para cualquiera que ame el pickleball, cruzar hasta esta isla frente a Seattle se siente menos como un viaje y más como una peregrinación.
El ferry como preámbulo
Todo empieza en el muelle 52 del centro de Seattle. Treinta y cinco minutos de travesía en ferry sobre las aguas grises del Puget Sound, con el skyline de la ciudad achicándose detrás y las montañas Olympic asomando al frente. Es un trayecto pensado, casi ceremonial: no se llega a Bainbridge de golpe, se llega dejando atrás la ciudad poco a poco, como si el propio paisaje te estuviera preparando para lo que vas a encontrar del otro lado.
Al bajar en Winslow, el pueblo principal de la isla, el pickleball ya está en todas partes antes de haber tocado una paleta. Tiendas de regalos sobre Winslow Way exhiben mercancía del deporte en sus vitrinas. No hace falta preguntar dónde jugar — la isla entera sabe la respuesta.
Battle Point Park: 90 acres con una cicatriz de guerra y un nacimiento
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Danni-Elle Townsend: She's Not Here to Ask Permission. She's Here to Take It All.
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Las Founders Courts no están escondidas ni difíciles de encontrar. Están dentro de Battle Point Park, un parque de 90 acres que alguna vez fue una estación naval de transmisión durante la Segunda Guerra Mundial — una antorcha de 240 metros de altura enviaba mensajes codificados a la flota del Pacífico hasta que la estación se desactivó en 1959. Hoy, los restos de esa historia militar conviven con estanques, senderos para correr, un campo de disc golf y, en el corazón del parque, seis canchas dedicadas exclusivamente a honrar el nacimiento de un deporte.
Es una combinación extraña y hermosa: un lugar que una vez existió para la guerra ahora existe, casi como acto de redención, para el juego.
El camino que cuenta la historia antes de llegar a la red
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Lo que distingue a las Founders Courts de cualquier otra cancha pública del mundo es el camino de entrada. A lo largo del sendero que lleva hasta las canchas hay exhibiciones interpretativas y kioscos históricos que narran, paso a paso, cómo un juego improvisado en un patio trasero en 1965 se convirtió en el deporte de más rápido crecimiento en Estados Unidos. Ladrillos personalizados grabados con los nombres de quienes ayudaron a financiar el proyecto están incrustados en el propio camino — cada paso hacia la cancha es, literalmente, un paso sobre la comunidad que hizo esto posible.
La historia que cuentan esos kioscos es casi demasiado simple para ser cierta. Un día de verano de 1965, tres papás —Joel Pritchard, congresista y futuro vicegobernador de Washington; Bill Bell; y Barney McCallum— se encontraron con sus hijos aburridos y sin nada que hacer. Había una cancha vieja de bádminton en la propiedad, pero no encontraron el juego completo de raquetas. Improvisaron: bajaron la red, sacaron paletas de ping-pong y una pelota perforada de plástico. El fin de semana siguiente notaron que la pelota rebotaba mejor sobre el asfalto, y bajaron la red a 91 centímetros. Ese ajuste, casi accidental, terminó siendo una de las decisiones fundacionales del deporte que hoy se juega en más de sesenta países.
Llegar a la cancha
Y entonces uno llega. Seis canchas dedicadas, de superficie impecable, completamente gratuitas y por orden de llegada — sin reservas, sin membresía, sin nada que se interponga entre el visitante y el juego. Debajo, seis canchas adicionales con redes portátiles montadas sobre las viejas canchas de tenis, listas para cuando la demanda se desborda, que —según cuentan los propios locales— pasa con más frecuencia de la que uno imaginaría en una isla de apenas 25,000 habitantes.
Lo que sorprende no es la infraestructura. Es la mezcla de gente. En las mismas seis canchas conviven jubilados que llevan jugando desde antes de que el deporte tuviera nombre oficial, familias que llegaron en ferry solo por el día, y jugadores que viajaron desde otros estados —o desde otros países— específicamente para poder decir que jugaron en el lugar exacto donde nació el pickleball. La música que suena de fondo salta sin ningún criterio aparente entre décadas y géneros, como si la propia banda sonora reflejara quién puede aparecer por esa cancha en cualquier momento: quinceañeros en pantalones de pijama, devotos del deporte vestidos de pies a cabeza en ropa técnica, curiosos que nunca jugaron y terminan quedándose toda la tarde.
Más que una cancha: un santuario que se cuida entre todos
Las Founders Courts no las mantiene una empresa ni un patrocinador. Las cuida un club sin fines de lucro, el Bainbridge Island Pickleball Club, en conjunto con el departamento de parques de la isla — comunidad cuidando lo que la comunidad construyó. Cada año, la isla organiza el Bainbridge Island Founders Tournament, un torneo que funciona como recaudador de fondos y, sobre todo, como homenaje anual a los tres hombres que inventaron el juego sin buscar nada a cambio.
Washington, el estado donde está la isla, convirtió oficialmente al pickleball en su deporte estatal. No es casualidad. Es el reconocimiento de un lugar que entendió, antes que nadie, lo que este juego representaba.
La reflexión del regreso
De vuelta en el ferry, con Seattle acercándose de nuevo en el horizonte, es difícil no pensar en la distancia entre ese patio trasero de 1965 y el deporte profesional que DINK Authority cubre mes a mes: los circuitos internacionales, los contratos, las transmisiones en vivo, un ecosistema que crece cada año a un ritmo que nadie anticipó. Todo eso nació de tres papás tratando de resolver un problema mucho más humilde: qué hacer con unos niños aburridos un sábado de verano.
Bainbridge Island no vende nostalgia. La vive, la cuida, y la comparte gratis con cualquiera que se tome el trabajo de cruzar el agua para encontrarla. Para cualquier jugador que se tome este deporte en serio, ir una vez no es un lujo. Es, sencillamente, ir a las raíces.
Cómo llegar: Ferry desde el Muelle 52 en el centro de Seattle hasta Winslow, Bainbridge Island (35 minutos, aproximadamente $9 USD ida y vuelta por pasajero). Las Founders Courts están en Battle Point Park, 11299 Arrow Point Drive NE — a unos 10 minutos en bicicleta o auto desde la terminal del ferry. Acceso gratuito, sin reserva.
Esto, en un tiempo no muy lejano, se va a convertir en un paso obligado para los fanáticos de este deporte. Nos preguntamos en nuestra reunión editorial: ¿cuántos del top 20 de las distintas ligas conocen esto? Esto es historia, señores. Así como en el béisbol hay un lugar donde todo empezó —Cooperstown—, pensándolo bien, en el fútbol no existe ese mismo referente único: el deporte se formalizó en una época donde documentar el origen con esta precisión era casi imposible. Pero en la mayoría de los deportes ya desarrollados sí existe un referente claro en la historia. Pues bien, este es el referente en el pickleball.
¿Cuántos del top 10 de las distintas ligas han venido realmente a conocer esta historia? No hace falta un gran gesto. Ni siquiera hace falta jugar un punto. Bastaría con un simple selfie parado frente a esa red, con un mensaje tan sencillo como: "Hola, estoy acá, donde todo empezó." Y sin embargo, hasta donde sabemos, esa foto todavía no existe.
¿Ya lo sabías?





